La iniciación
Se levantó temprano, dispuesta a otro día de calor
rutilante.
Atizó el leño, agregó las pocas astillas de palo blanco que
le quedaban. Estuvo tentada a recoger unas ramas de esas que se encontraban en
el suelo, “leña e vizcacha”
le decían burlándose los wichis;
pero entonces se propuso firmemente ir
tras las mujeres hoy.
Logró que las llamas surgieran , se chamuscó algunos
cabellos , como siempre, y los ojos se le llenaron de cenizas , pero logró
encender el fogón y entibiar el agua para unos dulces mates de miel.
El monte se abría hacia las chozas.
Podía observar, desde donde estaba, casi todas las casas.
Entre troncos
rectos veía a las tsinas alistarse.
Copió cada uno de los movimientos: preparó una yica, una cuerda
enroscada enganchada a la cintura, un
poco de tortilla, no,de eso no tenía, un yote de agua , tampoco.
Malina pispeaba desde lejos
lo que hacía y sonriendo asentía. Se acomodó el pañuelo, besó a su
marido y comenzó a recorrer cada una de las chozas iniciando la peregrinación.
Mientras la marcha de las mujeres se iniciaba, y una a una se
perdían por un sendero adentrándose en el bosque chaqueño, recogió sus cosas; a
las que agregó su cámara fotográfica y su cuaderno de notas.
Casi las pierde,
pero a paso veloz, casi corriendo, divisó a la última de la hilera.
Correr era algo que aparentemente no estaba bien , ya que
ninguna mujer lo hacía ,ni siquiera los niños.
Las alcanzó, y en silencio se sumó detrás .
Caminar por el monte no es nada fácil . Debes mantener los
ojos en el suelo, sin perder la pisada del que va delante. Y si te
descuidas, los arboles confluyen y te
cierran el paso y sencillamente te pierdes.
Esto había sucedido otras veces, es más: habían sido varias las ocasiones en que
intentó seguir a las mujeres que de repente se le esfumaban en sus propias narices. El silencio invadía
y los ruidos de los animales la hacían volverse sobre sus pasos, muerta de
terror, develando cada huella de sus
zapatillas para regresar a la aldea.
En una de esas ocasiones, demoró muchas horas andando en
círculos. Los paisanos preocupados
salieron a buscarla al caer la tarde. Había estado a unos pocos metros de su
casa!!
Se prometió a si misma:
-esta vez no se me
perderán de vista.- Apresuró el paso.
Después de un rato largo, en silencio la última tsiná se salió de la senda y la
dejó adelantarse. Hubo un encuentro de
miradas, con el gesto adusto- como si fuera de mala gana- le hizo señas para que
pasara y se uniera a la comitiva.
Continuó la marcha y
,una a una, las mujeres fueron haciéndola pasar hasta quedar detrás de Koseté,
quien encabezaba la marcha.
Había logrado el paso adecuado, caminar al ritmo de todas y
no perder la huella.
Descubrió que cada mujer dejaba su propia huella.
Que el monte tenía sus puntos de referencia: flores
minúsculas preciadas por los hechiceros,
las docas y las marcas del río que
indican por donde irá el curso loco del río esta semana.
En un claro del monte se encontró con más mujeres,
laboriosas. Con hacha y machete cortaban
leña:
Palo blanco para cocer las vasijas, los yoté y las artesanías en
cerámica; para la luz el palo santo, las astillas más azules del corazón del
árbol serían para curar cicatrices en el corazón del hombre.
En medio de un bullicio tenue conversaban, con cierta
preocupación, daba la impresión de que deliberaban. Habían formado prolijas
cargas de leña. Ahora supo para qué era la soga. Ataban, con un cálculo exacto
de peso vs altura, el haz de leños. La
carga era muy pesada .
Koseté indicó con un ademán que revisaran la carga de la
forastera.
No supo si las risas fueron por su mirada desorientada o por
la cara colorada como un tomate.
Malina la tomó de la mano y la incluyó en la
rueda.
Todas ya en silencio,
sentadas en rueda respiraron profundo, como si fueran una, descansaron.
Las más jóvenes hundían sus manos en el polvo del suelo .
Hizo lo mismo: estaba fresco, suave, como hundir las manos
en la harina del pan. Agradable el
aire tenía un aroma suave, dulce .
La anciana había encendido un cigarro gordo que armó
despaciosa como si rezara un rosario en
cada hebra de tabaco.
Y sin decir una palabra le ofrecieron una bocanada de humo.
No fumaba , al menos hasta ese momento, pero el ritual
incluía compartir el cigarro.
Entre toses y carcajadas francas de su amiga, escuchó los
trinos de un pájaro pequeño, rojo , refulgente como el sol en el cenit del
amanecer.
No sólo trinó el pajarito, sino que también revoloteó a su
alrededor y se asentó sobre su carga de leña.
Al regresar , los troncos no pesaban nada.
Caminaba como
flotando por el sendero.
El monte se abría
entre palos santos que llovían
florecitas blancas, carnosas, apenas
perfumadas . Podía reconocer las huellas de sus compañeras.
Le asaltó la risa al distinguir su propia huella.
El viento trajo
sonidos del poblado, la despertó de un sueño de sol mezclado con hojas delicadas
de algarrobos, lapachos florecidos,
chañares y mistoles y trinos de pájaros .
Ya estaba frente a su casa.
Por el sendero Malina se alejaba.
La observó irse .
Desde
lejos le regaló el nombre del pajarito que había volado sobre ella.
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