sábado, 31 de octubre de 2015

La iniciación



La iniciación


Se levantó temprano, dispuesta a otro día de calor rutilante.
Atizó el leño, agregó las pocas astillas de palo blanco que le quedaban. Estuvo tentada a recoger unas ramas de esas que se encontraban en el suelo,  “leña  e vizcacha”  le decían burlándose  los wichis; pero entonces se propuso firmemente  ir tras las mujeres hoy.

Logró que las llamas surgieran , se chamuscó algunos cabellos , como siempre, y los ojos se le llenaron de cenizas , pero logró encender el fogón y entibiar el agua para unos dulces mates de miel.

El monte se abría hacia las chozas. 
Podía observar,  desde donde estaba,  casi todas las casas. 
Entre troncos rectos  veía a las tsinas alistarse. Copió cada uno de los movimientos: preparó una yica, una cuerda enroscada  enganchada a la cintura, un poco de tortilla, no,de eso no tenía, un yote de agua , tampoco.
Malina pispeaba desde lejos  lo que hacía y sonriendo asentía. Se acomodó el pañuelo, besó a su marido y comenzó a recorrer cada una de las chozas  iniciando la peregrinación.

Mientras la marcha de las mujeres se iniciaba, y una a una se perdían por un sendero adentrándose en el bosque chaqueño, recogió sus cosas; a las que agregó su cámara fotográfica y su cuaderno de notas. 
Casi las pierde, pero a paso veloz, casi corriendo, divisó a la última de la hilera.
Correr era algo que aparentemente no estaba bien , ya que ninguna mujer lo hacía ,ni siquiera los niños.
Las alcanzó, y en silencio se sumó detrás .

Caminar por el monte no es nada fácil . Debes mantener los ojos en el suelo, sin perder la pisada del que va delante. Y si te descuidas,  los arboles confluyen y te cierran el paso y sencillamente te pierdes.
Esto había sucedido otras veces, es más:   habían sido varias las ocasiones en que intentó seguir a las mujeres que de repente se le esfumaban  en sus propias narices. El silencio invadía y los ruidos de los animales la hacían volverse sobre sus pasos, muerta de terror,  develando cada huella de sus zapatillas para regresar a la aldea.
En una de esas ocasiones, demoró muchas horas andando en círculos. Los paisanos preocupados salieron a buscarla al caer la tarde. Había estado a unos pocos metros de su casa!!

Se prometió a si misma:
 -esta vez no se me perderán de vista.- Apresuró el paso.

Después de un rato largo, en silencio  la última tsiná se salió de la senda y la dejó adelantarse. Hubo  un encuentro de miradas, con el gesto adusto- como si fuera de mala gana- le hizo señas para que pasara y se uniera a la comitiva.
Continuó la marcha  y ,una a una, las mujeres fueron haciéndola pasar hasta quedar detrás de Koseté, quien encabezaba la marcha.
Había logrado el paso adecuado, caminar al ritmo de todas y no perder la huella.


Descubrió que cada mujer dejaba su propia huella.
Que el monte tenía sus puntos de referencia: flores minúsculas  preciadas por los hechiceros, las docas  y las marcas del río que indican por donde irá el curso loco del río esta semana.

En un claro del monte se encontró con más mujeres, laboriosas. Con hacha y machete cortaban leña:
Palo blanco para cocer las vasijas, los yoté y las artesanías en cerámica; para la luz el palo santo, las astillas más azules del corazón del árbol serían para curar cicatrices en el corazón del hombre.
En medio de un bullicio tenue conversaban, con cierta preocupación, daba la impresión de que deliberaban. Habían formado prolijas cargas de leña. Ahora supo para qué era la soga. Ataban, con un cálculo exacto de peso vs altura, el haz de  leños. La carga era muy pesada .
Koseté indicó con un ademán que revisaran la carga de la forastera.
No supo si las risas fueron por su mirada desorientada o por la cara colorada como un tomate. 
Malina la tomó de la mano y la incluyó en la rueda.
Todas  ya en silencio, sentadas en rueda respiraron profundo, como si fueran una, descansaron.
Las más jóvenes hundían sus manos en el polvo del suelo .
Hizo lo mismo: estaba fresco, suave, como hundir las manos en la harina del pan. Agradable  el aire  tenía un aroma suave, dulce .
La anciana había encendido un cigarro gordo que armó despaciosa como si rezara  un rosario en cada hebra de tabaco.
Y sin decir una palabra le ofrecieron una bocanada de humo.
No fumaba , al menos hasta ese momento, pero el ritual incluía compartir el cigarro.
Entre toses y carcajadas francas de su amiga, escuchó los trinos de un pájaro pequeño, rojo , refulgente como el sol en el cenit del amanecer.
No sólo trinó el pajarito, sino que también revoloteó a su alrededor y se asentó sobre su carga de leña.

Al regresar , los troncos no pesaban nada. 
Caminaba como flotando por el sendero. 
El monte se abría  entre palos santos  que llovían florecitas blancas, carnosas,   apenas perfumadas . Podía reconocer las huellas de sus compañeras.
Le asaltó la risa al distinguir su propia huella.
El viento trajo  sonidos del poblado, la despertó de un sueño de sol mezclado con hojas delicadas de algarrobos, lapachos florecidos,  chañares y mistoles y trinos de pájaros .
Ya estaba frente a su casa.
Por el sendero Malina se alejaba.
La observó irse . 
Desde lejos le regaló el nombre del pajarito que había volado sobre ella.





No hay comentarios:

Publicar un comentario