El bosque umbrío,
quejumbroso rechina, troncos tortuosos entrelazados , tremendamente llenos de
espinas. Espartacos les llaman. Tal vez otrora, los caminantes en paso de conquista creyeron, alucinando de
fiebre, que combatían contra estos formidables guerreros.
Las hojas se
doblegan en medio del espanto y arde
entreverado el sol rojizo de sangre.
Yerto, enmudecido de
dolor , clama su miseria este suelo pálido.
Nada da, ni una palma de
tranquila paz bajo su molido colchón de polvo .
Boquean los peces, las
semillas y los hombres.
Mustia, la risotada de la
parca estrangula cualquier intento de vida.
Seca, salitrosa y ácida
fermenta la brisa disonancias susurradas alrededor de un loco fuego que destila
colores como si quisiera decirnos algo.
La desdentada encía de la
vieja, plagada de profundas cicatrices de alguna antigua y verdadera vida, se
muestra cada vez que chupa afanosa algo marrón que esconde entre los mugrosos
dedos. Mugrosos de historia, retorcidos, parecen los leños de arbustos ajados y
descoloridos.
Entre tanto se achican en
filosos trazos los ojos de un muchacho tendido de panza pegando su nariz ancha
al piso. Observa , perdido en una especie de sortilegio, las chispas .
Chasquidos jugosos ,gorgogeantes,
salen de los labios fruncidos de la vieja .
Es extraño el goce que
experimenta en cada chupetazo, tironea ese cuero marrón , enmohecido y balbucea
en fa sostenido algún eructo.
¡Qué morbosa la muerte!,
ronda y los deja solos por un rato. ¡Qué morbosa!
Plagada de rumores se
enciende la noche en el espejo del río y en los translucidos y ciegos ojos de
la vieja alucina fantasmas que le hablan de cosechas y verdes.
Respira en estertores,
tose , escupe sangre y gesticula una mueca que quiere ser una sonrisa, mas se
le desdibuja . El chico la mira, los arboles crujen el trueno del olvido y ella
ahogada en su propia sangre transforma sus manos en garras sumergidas en el
fango rojizo que queda bajo su cuerpo flácido, desparramado, escuálido y seco.
Rechina otra vez el
monte, el silencio se come los ruidos de la noche y nada, nada, cruza el cielo.
Espartacos le llaman a las filosas espinas del sendero. Si te
atreves a cruzarlas encontrarás en cada herida las garras de la vieja y sin
duda alguna, la parca traducirá para ti los sones disonantes de aquel fuego que
en crepitar enfurecido encegueció los ojos del mozuelo.