viernes, 2 de enero de 2015

Espartacos

El bosque umbrío, quejumbroso rechina, troncos tortuosos entrelazados , tremendamente llenos de espinas. Espartacos les llaman. Tal vez otrora, los caminantes  en paso de conquista creyeron, alucinando de fiebre, que combatían contra estos formidables guerreros.
Las hojas se doblegan  en medio del espanto y arde entreverado el sol rojizo de sangre.

Yerto, enmudecido de dolor , clama  su miseria este suelo pálido.
Nada da, ni una palma de tranquila paz bajo su molido colchón de polvo .
Boquean los peces, las semillas y los hombres.
Mustia, la risotada de la parca estrangula cualquier intento de vida.

Seca, salitrosa y ácida fermenta la brisa disonancias susurradas alrededor de un loco fuego que destila colores como si quisiera decirnos algo.
La desdentada encía de la vieja, plagada de profundas cicatrices de alguna antigua y verdadera vida, se muestra cada vez que chupa afanosa algo marrón que esconde entre los mugrosos dedos. Mugrosos de historia, retorcidos, parecen los leños de arbustos ajados y descoloridos.
Entre tanto se achican en filosos trazos los ojos de un muchacho tendido de panza pegando su nariz ancha al piso. Observa , perdido en una especie de sortilegio,  las chispas .
Chasquidos jugosos ,gorgogeantes, salen de los labios fruncidos de la vieja .
Es extraño el goce que experimenta en cada chupetazo, tironea ese cuero marrón , enmohecido y balbucea en fa sostenido algún eructo.
¡Qué morbosa la muerte!, ronda y los deja solos por un rato. ¡Qué morbosa!
Plagada de rumores se enciende la noche en el espejo del río y en los translucidos y ciegos ojos de la vieja alucina fantasmas que le hablan de cosechas y verdes.
Respira en estertores, tose , escupe sangre y gesticula una mueca que quiere ser una sonrisa, mas se le desdibuja . El chico la mira, los arboles crujen el trueno del olvido y ella ahogada en su propia sangre transforma sus manos en garras sumergidas en el fango rojizo que queda bajo su cuerpo flácido, desparramado, escuálido y seco.

Rechina otra vez el monte, el silencio se come los ruidos de la noche y nada, nada, cruza el cielo.
Espartacos le llaman  a las filosas espinas del sendero. Si te atreves a cruzarlas encontrarás en cada herida las garras de la vieja y sin duda alguna, la parca traducirá para ti los sones disonantes de aquel fuego que en crepitar enfurecido encegueció los ojos del mozuelo.







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